Rodar a las órdenes de Alejandro Amenábar no es una cosa cualquiera. Más si cabe cuando el oscarizado director confiesa que no eras su primera opción, pero que rebosas talento, carisma y fuerza. Ahí es nada. Sin embargo, los halagos no son para Karra, quien dice sentirse  afortunado por el hecho de trabajar, y apela a la necesidad de no ser “tan gargantuescos”. Tiene una hija (Ainara), no cree en las redes sociales, no utiliza wasap y la pintura es su gran afición. “Ahora estoy haciendo una serie de paisajes en los que el denominador común son los postes de luz”. Una reminiscencia, quizá, de su época como electricista, cuando instalaba farolas en Gasteiz. Empezó manipulando cables de luz y ahora la luz emana de él. Qué paradoja.

DONOSTIA. En el momento de escribir estas líneas, aún no sabemos si Mientras dure la guerra se ha llevado algún premio en la última edición del Zinemaldia, celebrada del 20 al 28 de septiembre. Premiada o no, a Karra poco le importa, y de hecho nos pregunta “en qué sección compite” su película, que por cierto va en la Sección Oficial. “Los nervios y la presión son para los que se juegan los duros. He visto un par de veces el film y me entusiasma, y eso es lo que cuenta para mí”. 

De festival en festival y tiro porque me toca. ¿Nervioso por presentar ‘Mientras dure la guerra’ en Donostia?

Los que se la juegan en realidad son los productores que han puesto la pasta, así que supongo que para ellos supondrá más presión. Yo estoy tranquilo porque he visto un par de veces la peli y me entusiasma. La gente que salga del cine va a pensar: “¡Qué poco nos hemos movido en tantos años!”. Alejandro no ha hecho un panfleto, ha contado una historia con mucho rigor histórico. Nos da la oportunidad de ver qué, quiénes y cómo éramos, y a partir de ahí reflexionar sobre a dónde queremos ir. ¡Llevamos 80 años dándonos de ostias y no sacamos conclusiones!

¿Te apetece venir al Zinemaldia?

Firmaremos, daremos entrevistas y comeremos bien. No está mal.

Me ha alucinado verte caracterizado como Miguel de Unamuno, es que no se te reconoce. Dirás que soy superficial, pero lo primero que te quiero preguntar es precisamente por ese trabajo de maquillaje que permitía convertirte en el célebre escritor.

Convertirme en Miguel de Unamuno suponía un trabajo diario de 5 horas, y la jornada de rodaje se alargaba hasta 16 horas, así que tu pregunta no es en absoluto superficial. El rodaje empezaba a eso de las 9.00 y yo ya estaba en el set a las 4.00. Éramos los primeros en llegar, y los últimos en marcharnos. Ha sido un rodaje muy duro, no solo por el trabajo de caracterización, sino por las posturas propias de la vejez que tenía que tomar, ya que la peli relata los últimos meses de vida de Unamuno cuando tenía 72 años. Nunca dejaré de estar agradecido a los maquilladores Nacho y Raquel porque han hecho un trabajo magnífico. Hubiera sido imposible hacer creer a los demás que soy Unamuno, si no me lo hubiera creído yo mismo.

¿Y una vez que termina el rodaje, qué?

El rodaje de Mientras dure la guerra duró alrededor de ocho semanas y era tan duro que estaba deseando que se acabara. Pero una vez que terminamos, ya estaba esperando a que sonara de nuevo el teléfono. Somos un poco enfermos.

¿Cómo ha sido trabajar con Alejandro Amenábar?

Ha sido un auténtico lujo trabajar con él. Además de tener un talento increíble, es una grandísima persona, con sentido del humor, muy educado, comprensivo, y hasta seductor. Ha sido una delicia trabajar con él.

¿A qué te refieres cuando dices que es seductor?

Es que Amenábar no es de esos directores que te abrasa. Con muy pocas explicaciones, pero muy concretas, te lleva exactamente por donde él quiere. Como decía Eduard Fernández, Alejandro te pone un marco donde te define de dónde a dónde te tienes que mover. A la segunda semana de rodaje ya sabes por dónde quiere que vayas. Es muy claro y conciso, y eso como actor es maravilloso.

Sobre tu papel, el propio Amenábar ha dicho: “Karra Elejalde no parece la primera opción que se te ocurre para hacer de Unamuno, yo diría que casi es la última! Pero tiene un talento increíble, carisma y esa fuerza que necesita el personaje. Pero se tuvo que poner un corsé”. ¿A qué se refiere?

Había ocasiones en las que tenía que contenerme, pero en otros momentos, como en el paraninfo de la Universidad de la Salamanca cuando pronuncia su célebre discurso Venceréis, pero no convenceréis tenía que darlo todo. Es que los personajes no son planos, hasta un asesino tiene momentos de ternura. Siempre que hago un personaje intento transmitir todas sus facetas. Si me toca hacer de violador, no puedo estar todo el rato poniendo cara de violador.

¿Siente uno mucha presión por cumplir las expectativas del público al rodar con un director de esa talla?

La presión es directa e inversamente proporcional. Por una parte, sientes mucha responsabilidad porque si sale bien, muy bien, pero si sale mal… En nuestra profesión nunca dejas de aprender. Los platos que cocinamos nunca llevan las mismas salsas, dentro de la comedia puede ser esperpento, astracán, farsa naturalista, farsa a la griega, etc. A veces sabes hacer muy bien un tipo de peli, pero puede que no sepas hacer tan bien otra. Hay grandísimos actores que triunfan y que años después la cagan. Así que con cada nuevo trabajo sientes vértigo. Como en las pelis de miedo, que por un lado te tapas la cara, pero por otro la curiosidad hace que abras los dedos para mirar. Ha sido un gran reto en el que he sentido mucho gusto y mucho susto al mismo tiempo.

Cada peli es un examen…

Si te dedicas a pintar paredes y hasta ahora las has pintado de amarillo, pues no hay problema si te toca pintarlas de verde. En este mundo, los compañeros, el tono, el director, todo es distinto. Cada vez que hay un estreno, sales con un tembleque… aunque la procesión va por dentro. No existe la fórmula infalible.

‘Mientras dure la guerra’ está ambientada en una Salamanca inmersa en la Guerra Civil y refleja el enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray. ¿Crees que a los políticos e intelectuales de ahora les falta esa flexibilidad para cambiar de opinión?

Ojo, Unamuno no cambiaba de opinión a la ligera. Cuando apoyó el alzamiento formaba parte de una junta militar compuesta por militares de la República. En ningún momento entendió que aquello iba a ser como Hitler en Alemania, o Mussolini en Italia. Siempre pensó que la República no funcionaba y que el Alzamiento estaba en el marco de la propia República, siendo una oportunidad de cambio. Unamuno era muy inflexible, de ahí viene el concepto unamunista, y a cada problema le planteaba una solución. No era dogmático, era un personaje muy particular, con un fuerte código de honor y creyente a su manera, en constante pulso filosófico con Dios (quienes somos, a dónde vamos).

Me refería a si políticos de hoy en día deberían ser más reflexivos, más honestos.

Efectivamente, deberían tener más cintura. Si tenemos blanco en un lado y negro en el otro, deberíamos tirar hacia el gris. Los políticos y todos los seres humanos que cohabitamos en este puto [sic] mundo, deberíamos vivir y dejar vivir, ser más dúctiles, más transigentes, más comprensivos, más solidarios… Para qué te voy a contar…

Tienes dos premios Goya como mejor actor de reparto, uno de ellos por Ocho apeliidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014), la película española más taquillera de la historia, que te cambió totalmente la vida. Sobre la fama, he leído que dijiste en una entrevista: “Después de ‘Ocho apellidos’ he perdido calidad de vida (…). Mi economía está más saneada, pero no puedo caer en paracaídas en un pueblo de sólo 200 habitantes”.

Hombre, claro que la fama cambia tu vida y tus hábitos. La gente en general es muy educada, pero a las 3.00 de la madrugada ya no puedo ir a una discoteca porque la gente está más desinhibida y puedes pasarlo más. Siendo como soy un chicarrón del norte, cuando iba de restaurante siempre prefería comer en la terraza, pero ahora siempre me meto dentro, y a poder ser de espaldas al cristal. O cuando voy al cine, intento entrar el último y salir el primero, me he convertido en el maleducado que se marcha antes de que salgan los títulos de crédito.

¿Si te veo por la calle te puedo pedir un selfie?

Si la gente me viene normal, yo encantado. Me ha sucedido acompañar a mi hija a un festival y en la cola me abordaron y lo pasé fatal. Otra vez, en fiestas de Gasteiz también se arremolinó una marabunta de 200 personas y me dio un yuyu.

Retomando lo del selfie, te lo preguntaba precisamente porque he visto que no eres muy amigo de las redes sociales… ¡Ni siquiera tienes wasap! Ahora, está claro que se puede seguir existiendo aunque no tengas redes; la prueba es que he podido contactar contigo.

Es verdad que no tengo ni Facebook, ni Instagram, ni Twitter. Tampoco uso wasap. Es una pelea personal y además soy inútil total para ese tipo de cosas. Mi inteligencia es selectiva y la empleo en lo que me interesa. En su día tuve wasap. Una vez, rodando El nombre de la rosa, hicieron un grupo en el que estábamos todo el equipo. Entonces, empezaron a llegarme mensajes constantemente que, además, la mayoría no eran para mí. Llegado a ese punto le pedí a mi hija que me quitara esa cosa. Lo que pueda decir yo me interesa solo a mí, y encima tal y como está la cosa ahora en las redes, paso. Una vez hice una broma tonta sobre el Athletic y me cayó una encima… Hasta amenazas de muerte tuve por una chorrada. No tengo ninguna necesidad de esto, si fuera cura o político aún.

¿Tu hija Ainara qué opina de esto?

Me dice que soy un inútil. Antes te montabas en el tren y hablabas con tus compañeros de asiento, ahora coges un tren y todo el mundo va mirando su móvil. ¡Que es un puto teléfono! La gente se está haciendo autista, no nos comunicamos. El mundo se está deshumanizando. Pero si la vida es más sencilla que todo eso, venimos a este mundo para vivir, divertirnos, comer, cagar, dormir y follar. Todo el tema cibernético no deja de ser un culto a la desconexión. Es un esperpento, como Donald Trump que gobierna a través de Twitter. Con el tiempo se verá que todo esto no nos lleva a nada bueno.

No paras de trabajar, este año estrenas dos pelis (La pequeña Suiza, de Kepa Sojo, y Mientras dure la guerra), y hay otra prevista para el año que viene: Bajocero, de Lluís Quílez. ¿Qué puedes adelantar al respecto de ésta que veremos próximamente?

No puedo decirte mucho porque la destriparía, pero te puedo adelantar que es un thriller. Fue un rodaje duro, en la sierra de Madrid, donde pasamos mucho frio. Es una película muy particular.

Antes has mencionado que al acabar un rodaje por duro que sea, ya estás esperando una nueva llamada para trabajar. si no me llaman ni me salen bolos, me escribo un monólogo y lo hago. Lo he hecho toda mi puta vida. O me escribo una película con Fernando Guillén Cuervo, como cuando hicimos Año Mariano (2000). No espero a que suene el teléfono.

Empecé en el teatro amateur, después en el independiente y así muchos años hasta que me salió la primera peli. Pero siempre he tenido muchas inquietudes. Me encanta pintar, me gusta mucho más que interpretar. Me interesa leer, escribir, etc. Ahora mismo me dedico a interpretar pero sigo haciendo guiones.

Has dirigido dos películas Torapia (2004) y Año mariano (1999). ¿Te planteas repetir como director?

Me siento más solvente como actor que como director y económicamente me sale más a cuenta. Además, mi última experiencia como director fue una cosa muy rara. Fue prácticamente un sabotaje y me sentí utilizado. No quiero hablar del tema ni decir nombres.

Estudiaste electricidad y en el curriculum ponías: “Cursó dramáticos estudios durante su segunda etapa de período de profesional, rama Electricidad”. Me parto.

Trabajé como electricista durante varios años. Muchas de las farolas de Gasteiz las he puesto yo.

¿Dirías que has conseguido el éxito?  ¿Cuál es tu sueño a nivel profesional?

El premio es trabajar. En este país hay miles de actores y, ¿cuántos estamos trabajando? Tengo la suerte de que este trabajo me apasiona y encima cuentan conmigo. No seamos tan “gargantuescos”, siempre deseando más. Yo soy feliz. El día tiene 24 horas, de las cuales 8 dormimos y por tanto no las estamos disfrutando, así que quedan 16 horas, de las cuales en la mitad te prostituyes para vivir lo más holgadamente posible. Solo te quedan 8 para hacer lo quieras. Pero yo soy tan feliz las horas en las que me prostituyo, como las otras horas en las que estoy libre. Soy puta, una puta cara, y no se puede pedir más porque me gusta mi trabajo. No pienso en la jubilación y no aspiro a nada más, no sería justo porque en el reparto de la vida me ha tocado el premio gordo.

¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?

Me gusta leer y hacer chapuzas en casa. Soy muy manitas, me atrevo con todo. Pero lo que más me gusta es pintar. Tengo un programa muy chulo en el ordenador que se llama Corel Painter y luego lo paso a lienzo.

¿Lo último que has pintado?

Un cuadro abstracto con brochazos amarillos, verde, negro y rojo, muy guapo. Ahora estoy pintando una serie de paisajes donde se repiten postes y cables de luz con zapatillas Converse enrolladas.

¿Es verdad que fuiste durante tres años entrenador de sokatira (tiracorda, en catalán) en Catalunya donde resides, en Molins de Rei?

Todos los años hacían una especie de torneo entre amigos de tiracorda y veía que tenían unas pintas rarísimas. Empecé a asesorarles sobre cómo coger la cuerda, la postura, etc. Ganamos el torneo durante tres años seguidos y lo dejé porque me harté de ganar (risas). Bromas aparte, cuando aquello empezó a profesionalizarse decidí que era el momento de retirarme.