Me había propuesto no volver a hacerlo. Esta vez, no iba a traer aquí a mis niñas. ¡Qué pesada! Pero es que me lo ponen a huevo. Sale el otro día la mayor de la ikastola, feliz por haber terminado el curso con unas notas que ya me hubiera gustado a mí, y la satisfacción de tener solo dos páginas de etxekolanas para verano. “Ama, en un fin de semana tengo el trabajo acabado”, me dice con una sonrisa que ni el gato de Alicia en el País de las Maravillas. Al principio me choca que, habiendo acabado bien el curso, le manden trabajo para hacer en vacaciones, pero enseguida pienso que no le vendrá mal hacer algo y no estar dos meses a la bartola.

Se trata de dos folios grapados, que deja con despreocupación en su escritorio. “Oporretako etxekolanak”, reza, amenazante, el título. En principio, nada raro. Pero al dar la vuelta a las hojas me encuentro algo inesperado. Para empezar, tres normas: procurar cumplir al menos la mitad de las tareas, entregar el trabajo a la vuelta de vacaciones y la más inesperada de todas, “ondo pasa”.  El trabajo en cuestión es un listado de tareas que tiene que procurar cumplir a lo largo de sus 80 días de asueto. ¡80 días! Doy fe de que los ha contado con regocijo uno a uno en el calendario de la cocina.

Las tareas encomendadas son hacer nuevos amigos, comer un polo de limón, ayudar en casa, reír hasta que duela la tripa, observar peces, tirar piedras al río, hacer un picnic, pedir un mapa en una oficina turística y tratar de guiarse en una ciudad, cantar, leer, decir “te quiero”, etc. Así hasta 50 ítems de lo más variados –un currazo–, hasta llegar al más simple e impactante de todos: “Zoriontsu izan”.

Porque con tanto deporte escolar, clases de pintura o de gimnasia rítmica queremos que nuestros hijos e hijas tengan todas las herramientas a su alcance para tener en el futuro una vida plena, pero tanta perfección nos lleva a olvidarnos de lo básico, de las pequeñas cosas de la vida que son, precisamente, las que nos hacen felices. Dicen que las cosas que manchan, las que engordan o las que nos despeinan son las que verdaderamente merecen la pena, y no puedo estar más de acuerdo.