No vamos a negar que hemos disfrutado de la charla con Julian. Su honestidad y sentido del humor hacen que te sientas como si estuvieras con un colega de toda la vida. Nos cita en el humedal de Plaiaundi, una soleada y fresca mañana de viernes. Llevamos cinco minutos de entrevista y la media docena de personas que han pasado en este intervalo por delante de nuestro no han podido evitar girarse al reconocer su voz. El momento álgido sucede cuando un grupo de escolares de unos 8 años comienza a arremolinarse a nuestro alrededor y Julian, con la simpatía que le caracteriza, termina preguntando cuántos de ellos ven El Conquistador para después hacerse una foto con el grupo.

Hijo de la diáspora, Julian nació en California, pero se crió en un ambiente totalmente euskaldun. En el rancho se hablaba en euskera, sonaba el acordeón y se cantaban bertsos. Aprendió castellano cuando retornaron a Lesaka, porque no tuvo más remedio. Sensibilizado con el tema, ha  creado la asociación Boomerang Australia Elkartea y está ultimando los detalles del viaje que ha organizado para el próximo julio para que los “hermanos australianos” tengan la oportunidad de conocer sus raíces.

No he podido evitar escuchar la conversación que has tenido ahora por teléfono en la que hablabas sobre la quedada de Tafalla con los hermanos australianos. A ver si me aclaro, tus aitas son de Lesaka, naces en California, vives en Irun y ahora estás metido en el tema de la diáspora australiana. Sitúame.

Soy hijo de la diáspora. Mi aita estuvo más de 20 años trabajando en Estados Unidos como pastor. Puntualizo por si las moscas: era pastor de ovejas, no predicador. Empezó en Nevada y acabó en California, se casó allí con la ama y los tres hermanos nacimos allí. La ama también era de Lesaka y cuando se conocieron ella era una niña de unos 7 años, mi aita tendría cerca de 20. Mi padre se fijó en ella y le dijo a mi aitatxi: “Jose Anjel, qué niña más bonita”. Por aquel entonces, mi aita ya estaba planeando el viaje a América y le pidió a su suegro que “se la guardara hasta la vuelta”. Y aquí estoy yo.

¿Qué es lo que le motivó a tu aita a marcharse de Lesaka?

Fue el estómago. Estaba harto de comer habas todos los días. Un día recibió una carta de su hermano Josetxo, que estaba allí en América, junto a unas fotos en las que se veía a su hermano comiendo cordero, y le decía: “Etortzen bahaiz hona, holakok jango dituk”, es decir, si te vienes, comerás de esto. Y no se lo pensó dos veces. Lo que mi tío no le dijo es que tendría que pasar 365 días al año solo en el monte rodeado de lobos, oso, culebras y muchos otros peligros. Era un trabajo que nadie quería hacer por lo peligroso que era. Una vida muy muy dura.

Una experiencia dura, sin duda.

Yo sé lo que es la morriña, echar de menos tu tierra, tu familia, estar físicamente allí, pero con la cabeza aquí. Aquí había una dictadura, mucha miseria y Estados Unidos simbolizaba la esperanza de una vida mejor, de prosperar.

Háblame de tu infancia.

Me crie en Budland, Dixon, Sacramento y cada fin de semana íbamos a la Euskal Etxea de San Francisco. En nuestro rancho se hablaba en euskera y se juntaba toda la comunidad euskaldun de la zona, así que mi infancia fue tan euskaldun como si me hubiera criado en el caserío en Euskadi. Mi infancia la recuerdo en torno a una mesa, con música de acordeón, bertsos. En mi familia, de hecho, hay mucho artista y soy el único que trabaja en la tele, aunque más que arte, lo que tengo es jeta (risas).

¿Cómo fue la vuelta a Euskadi?

Cuando volvimos lo pasé muy mal, porque no sabía hablar castellano y en los colegios de aquel entonces no había adaptación ni nada. Se practicaba aquello de la letra con sangre entra. A base de leches, aprendí. Para que luego que digan que hoy es duro.

¿Qué tiene que ver Australia en todo esto?

El aita, ya entrado en años, le comentó a mi hermana Laura que le gustaría juntarse con la gente que había compartido las Américas y hacer una comida. Mi hermana empezó a organizarse y terminó juntando en el frontón de Lesaka más de 1.500 personas en una comida. Ahí quedó clara la necesidad que había en la comunidad de la diáspora de encontrarse y juntarse. Esto sucedió hace 13 años. Sin embargo, este encuentro fue agridulce porque el artífice de esa comida, mi aita, falleció una semana antes. Recuerdo cómo lloraba mi ama aquel día. Se nos quedó una espina clavada. Pero lo bueno es que aquello fue el embrión de lo que vino después: mi hermana montó la asociación Euskal Artzaiak Ameriketan, con la que están haciendo un trabajo increíble, he hecho documentales con ellos, he ido a California, viaje, exposiciones, charlas, preservando esa memoria histórica. Hace un par de años, un concursante del Conquis, Iñaki el que abraza árboles, participó en un programa que hice con Antena 3 en Sidney, y tras grabar el programa me tuve que quedar allí tres días por tema de visados. Me llevó a la Euskal Etxea de Sidney, Gure Txoko, y allí me junté con un montón de gente de todas las edades y cuando empecé a escuchar las historias de las personas de más edad me di cuenta de que ésa era la historia de mi padre. En lugar de América era Australia; en lugar de ovejas, me hablaban de la caña de azúcar, el tabaco, el hierro, etc.

La diáspora australiana es quizá más desconocida.

Todo el mundo conoce la historia de los pastores y pelotaris que fueron a hacer las Américas, pero pocos conocíamos la historia de Australia, y es que mientras algunos emigraron hacia el oeste, muchos miles de vascos fueron a las Antípodas. Cuando volví de Australia me di cuenta de que casi nadie había oído hablar de esta historia, y ahí fue cuando vi clara la necesidad de comenzar a recuperarla. A finales de verano de 2018, empecé a reclutar gente, hicimos una reunión con vasco-australianos, luego vino una comida en Gernika donde nos juntamos 250 personas. Allí conocí a gente de Navarra que había emigrado a Australia y creamos la Boomerang Australia Elkartea y en una semana juntamos 60 personas en Navarra. De ahí surgió la idea de hacer la comida en Tafalla (el pasado abril), a la que se apuntó un montón de gente en poco tiempo. Y de ahí, siguiendo los pasos de mi hermana decidí que había que ir a Australia.

¿Has montado un viaje?

Es un tema que toca mucho, porque lo he vivido en casa y alguien tenía que arrancar, por eso me he metido en esta movida. Me gusta arrancar las cosas y cuando ya están marchando me retiro. Para eso el hecho de ser conocido ayuda, sobre todo ahora a través de las redes sociales. Vamos a Australia, la segunda quincena de julio, vamos a recorrer el estado de Queensland el este de Australia, empezamos en Kearns, veremos la impresionante barrera de coral, la zona aborigen, la zona de Twins Bill donde está la movida de la caña de azúcar. Tenemos ya más de 40 personas apuntadas para el viaje. ¡Estamos borrachos de éxito!

¿De dónde sacas el tiempo para entrenar, montar una asociación, presentar el Conquis, estar con la familia…? Me estreso solo de pensarlo.

Si se quiere, se puede. Mira, te diría que perdemos demasiado tiempo con las redes sociales. Si cada uno de nosotros midiéramos las horas que pasamos en Twitter, Instagram o Whatsapp, nos asustaríamos. No somos conscientes. Solo gestionando bien todo eso, sacas varias horas al día.

Pero tú llevas muy al día tus redes.

Busco los momentos, publico porque me gusta compartir lo que hago, pero después me desconecto. No tengo Comunity Manager, así que no puedo contestar a todo el mundo.

Leo el dato de tu edad y no doy crédito: ¡51 años!

¿Es un piropo?

¡Claro! ¿Cómo lo consigues?

Hago deporte y como mucho, como un animal. Llevo una alimentación sana porque cada vez tengo más claro que somos lo que comemos. Como estoy mucho tiempo fuera de casa, no tengo más remedio que ser disciplinado. Cuido mucho lo carbohidratos, la hidratación, que es fundamental, como mucha verdura y fruta. Carne, con medida. En casa comemos todos lo mismo, primer plato, segundo plato, y siempre, de postre, un poco de chocolate negro.

¿Qué hacías antes de aterrizar en la tele?

Mi primer trabajo fue en un bar de Ibardin, donde en esa pequeña barra aprendí francés y me quité la timidez. Gracias a aquel trabajo estoy hoy en la tele. No sabía el idioma, ni había trabajado nunca cara al público, así que no tuve más remedio que echarle narices. Después he trabajado como agente de seguros, incluso como agente social para potenciar el desarrollo rural en Bidasoa. Pero, esto no lo sabe mucha gente, tengo una espina clavada: cuando tenía 32 años me apunté a las oposiciones para bombero y estaba en ello cuando me presenté a un casting de ETB. Justo antes de eso, había participado en un corto con mi cuñado y su novia. Al parecer no se me había dado nada mal y cuando ETB convoco un gran casting para renovar su base de datos, la familia me animó. La prueba resultó un desastre, pasé muchísima vergüenza, pero al final de 10.000 personas seleccionaron a 200, entre ellos, yo. He aprendido que cuando haces un casting no se trata de hacerlo bien o mal, sino de tener chispa y tener la capacidad de que cuando hablas la gente te escuche, esa capacidad de traspasar la pantalla. Mientras tanto seguía preparando mis oposiciones, y entonces me llamaron de Canal 4 de Navarra para hacer una prueba. Begoña Marañón, ahora en Cadena Ser, me dijo que contaba conmigo para la semana siguiente y me dio un consejo que hoy en día sigo: cuando veas el piloto rojo pásatelo bien.

Que disfrutas queda muy claro.

Mi aita me dijo cuando empecé: tienes que intentar hacer de todo, siempre desde la educación, y teniendo presente que tienes que hablar para todo el mundo, yo tengo que poder entenderte. Es un consejo muy bueno, porque el fin de la comunicación es llegar a la gente.

“A los que piensan que a veces favorecemos a un equipo les diría que no tenemos que forzar nada, porque la historia sale sola”

Hablemos del Conquis, ¡qué datazos de audiencia estáis teniendo! Estás super contento, ¿no?

Estamos consiguiendo las mejores audiencias de los últimos ocho años, pese al presentador (risas). Si llegan a poner uno bueno… Ahora en serio: ¡no es normal! Estoy contentísimo. Hemos llegado a bloquear el servidor de la web de ETB porque no daba abasto. Nos ve gente de todo el mundo: Argentina, Chile, Colombia, Londres, etc.

¿Cuál es el secreto para seguir convocando espectadores ante la pantalla?

Los tres pilares son: convivencia, supervivencia y competición. No queremos entrar en otros ámbitos. El juego es la excusa para generar el reality, que a su vez es alimentado por las asambleas. Es una realidad más dura de lo que la gente piensa. Y cuando digo que es verdad, es verdad: se pasa hambre, frío, calor, picaduras, claustrofobia. En cada edición pierdo varios kilos, sin ser concursante. La gente desde casa critica a los concursantes, pero es que lo que viven es muy extremo. Y otro punto fuerte del Conquis es, sin duda, el casting. Damos oportunidad a todo tipo de gente: al flaco y al gordo, al de la izquierda y al de la derecha, al de ciudad y al de baserri. Intentamos buscar un reflejo de la calle. No queremos solo atletas, porque en el Conquis hay lugar para todo: para las pruebas duras, los momentos de risas, la asamblea donde se encaran conmigo, etc. Además, muchas veces te sorprendes con un concursante que a priori no tiene muchas aptitudes físicas, pero tiene mucha cabeza. El físico es importante, pero el Conquis es muy mental. El que va de cara y parece que se come el mundo, es probable que al final caiga. Y luego lo importante es que todos esos elementos encajan y hacemos un programa entretenido.

Cuando alguien se pasa de listo te mosqueas. ¿Pero te enfadas o es un papel?

Tengo treinta y tres tíos y tías que me intentan engañar, justificando sus errores, echando balones fuera, y mi papel es poner las cartas sobre la mesa y hacer que hablen, porque soy una mosca cojonera. Todos hacen cosas mal en algún momento y rara es la prueba en la que nadie falla, así que después nos toca hacer de jueces. 16 cámaras graban los juegos, hay decenas de ojos observando, porque para mí solo sería imposible. Trabajan más de 200 personas en el programa. El pinganillo me ayuda y me perjudica, porque me hablan cuatro personas a la vez. Una vez terminado el juego, cuando hay que tomar la decisión, procuramos ser justos, aunque nunca satisfacemos a todo el mundo. A los que piensan que a veces favorecemos a un equipo les diría que no tenemos que forzar nada, porque la historia sale sola. La injusticia es parte del Conquis, y hay que aprender a gestionar esa frustración. Y si no la asumes, te pongo la alfombra roja y te vas a casa.

Por un momento me he sentido una concursante más del Conquis…

Lo que pasa es que desde el sofá de casa es muy fácil criticar. Me caliento mucho leyendo las opiniones en las redes. La ignorancia es muy atrevida y lo que más rabia me da es que me llamen tramposo, cuando la gente no se hace cargo de lo que curramos para sacar el programa. Jornadas de 17 horas para montar los juegos porque dependemos de las mareas y si no lo hacemos para una hora determinada, tenemos que esperar a que pase un nuevo ciclo de seis horas, esperando bajo el sol…

“En cada edición del Conquis pierdo varios kilos, porque aquello es mucho más duro de lo que se piensa la gente: se pasa frío, calor, picaduras, claustrofobia…”

Hablemos de las asambleas. ¡Cómo te gusta meter el dedo en el ojo!

Cuando se enzarzan ellos solos me limito a mirar y sonrío para mis adentros pensando: me están haciendo el programa, y yo sin hacer nada.

Cuando sacas carácter no hay quien te pare, ¿qué te dicen en casa?

Mi mujer detecta enseguida cuándo me estoy enfadando de verdad. Ella me apoya mucho y antes me decía que era la Paula Vázquez de ETB, no por el pelo rubio, sino porque dice que chillo mucho. A ella le gusta más el Julian tranquilo, pausado.

¿Ves el programa desde casa?

Editar el Conquis es muy complicado porque hay muchísimo material que condensar en tan solo dos horas. Así que, aunque sé lo que ha pasado, me parece muy interesante verlo todo montado. Además, suelo estar mirando lo que publican en Twitter; me descojono y a veces también me cabreo. Por otra parte, me gusta ver el debate de los miércoles para escuchar cómo justifica el concursante su paso por el programa, de esa manera ves el programa desde su perspectiva.

Lo que está claro es que después de 15 ediciones te sigues divirtiendo.

Es un formato que ha funcionado desde el primer momento, pero en cada edición hemos incluido cosas nuevas: desde las localizaciones, pasando de la Patagonia a Iguazú, hemos estado en el Caribe, en Usuhaia; hemos cambiando las pruebas, las asambleas, etc. Al ver que el formato funcionaba, podríamos habernos conformado, pero no hemos querido porque nos va la marcha y queremos pasarlo bien. Además, pretendemos sorprender a los concursantes, porque vienen sabidos de casa. Al final lo que engancha al público no es un escenario u otro, ni una prueba determinada; es la propia historia.

¿Y en casa cómo lo llevan?

Cuando estoy al otro lado del Atlántico no estoy pensando en la familia, en ese momento estoy centrado en lo que estoy haciendo. Mi familia lo tiene asumido, de hecho, mi mujer es la que me animó a hacer el casting y de vez en cuando se lo recuerdo (risas). Paso mucho tiempo fuera de casa, pero el tiempo que estoy lo dedico en exclusiva a mi mujer y a mis hijos. Es probable que si contamos las horas que paso yo con ellos al cabo del año, frente a los que pasa cualquier ama o aita que trabaja 8 horas, seguramente salga ganando. Cuando estoy en casa, les llevo y les recojo del cole, preparo la comida…

¿Se te da bien la cocina?

Hago la mejor crema de verduras del mundo, pero no te voy a desvelar lo que le echo, porque no lo sabe ni mi mujer.

Además de en ETB, también has trabajado en cadenas estatales (Cuatro, Antena 3, La Sexta), incluso en algún programa de corazón con María Patiño, un formato muy diferente al que estamos acostumbrados a verte. ¿Cómo fue la experiencia?

Pasé de estar con Korta y Juanito, a pasar las tardes con María Patiño y Jesús Mariñas. Cuando Óscar Martínez dejó el programa de Ana Rosa hicieron varios casting para buscar un sustituto. No encontraron a nadie y me llamaron porque me habían visto en el Muro Infernal, un programa que presenté en la Sexta. Llegó a salir publicado que era yo quien iba a sustituir a Óscar Martínez, pero al final rechacé la oferta porque me suponía trasladarme a vivir a Madrid y tenía claro que a mi familia no la iba a mover de aquí, así que decidí quedarme. Tiempo después, me llamaron para el programa Vaya Par, una especie de mini DEC, con Patiño y Mariñas, donde mi papel precisamente era comentar temas del corazón, pero sin saber del tema. Se meaban de risa conmigo porque no me enteraba de nada. Fue un programa de verano que cogimos con un 6% de audiencia y dejamos con un 13%. Hubo posibilidad de continuar, pero no me interesó.

 “En la tele tienes que ser camaleónico: debes poder pasar de presentar un reality a hacer una entrevista al Lehendakari”

¿Qué tal te llevabas con la Patiño?

Con los dos muy bien. Mariñas es un tipo muy entrañable, cascarrabias y majo, y de María me sorprendió que es una tía mucho más tranquila de lo que aparenta en la tele. Es una gran profesional. También estuve un verano en Zapeando y guardo muy buen recuerdo de todos, de Frank Blanco, Sara Escudero, Quique Peinado, Anna Simón, Ana Morgade, Irene Junquera… Con la Pedroche no coincidí, que todo el mundo me preguntaba por ella. Lo que peor llevaba era leer el teleprómter, porque me resultaba muy difícil ser natural leyendo chistes escritos por otros. Miraba a mis compañeros y, después, al girarme para leer en la pantalla no veía más que una sopa de letras.

Algún programa que no harías jamás.

En la tele tienes que ser camaleónico: debes poder pasar de presentar un reality a hacer una entrevista al Lehendakari, sentirte cómodo en plató, en la calle, saber estar serio y también de cachondeo. Me gusta divertirme y aprender, así que si me proponen algo me digo: por qué no. Prefiero arrepentirme de lo que hecho, a no hacer.

Si no hicieras tele, ¿qué harías?

Probablemente seguiría preparando la oposición a bombero (risas). Lo que tengo claro es que una vez superada la timidez, me encanta el contacto con la gente y compartir experiencias. No me veo en una oficina sentado ocho horas delante de un ordenador.

Termina la frase: Julian Iantzi es…

Un salsero que no tiene solución.