Llevaba tiempo rondándome en la cabeza. Me refiero al anuncio del colesterol donde los Tricicle, lejos de dar risa, provocan inquietud y un impulso de coger el teléfono para pedir cita en el médico de cabecera. Si es que no puede ser, que una ya va camino de los 40 y no sé lo que es hacer dieta o, como dicen algunos, cuidarse. Qué paradoja. Lo del concepto de “cuidarse”, digo. Porque para mí cuidarse está asociado a mimarse, quererse. Cuidarme, a mi entender, es pasar un par de horas en el spa y después tomarme un vermout y unas gambas a la plancha con mis amigas, por poner un ejemplo.

Lo de hacer ejercicio era otra de mis asignaturas pendientes. Con muchas reservas, pero con la sensación de que era una oportunidad para ser mejor persona, decidí apuntarme en el gimnasio. La elección no fue el azar; se trataba de un gimnasio de esos low cost, abierto 24 horas y con pinta de ser bastante impersonal. Era exactamente lo que buscaba: un gimnasio donde podría pasar desapercibida. Y es que, qué quieres que te diga, he probado varios y no consigo sentirme cómoda. El olor a sudor, en mayor o menor intensidad dependiendo de la ventilación del local, la música atronadora, las caras de sufrimiento de la gente, esas máquinas con pinta de agresivos Transformers… Y si a todo eso le añades tener la obligación de socializar, apaga y vámonos.

Desempolvé la bolsa de deporte que llevaba meses sobre el armario y empecé con bastante ánimo. En aquellos días hubo quien me dio ánimos, y también quien me decía que aquello me iba a durar dos días. Lo que viene siendo propio de la naturaleza humana, meterse en lo que no nos llama. Pero esa es otra cuestión. La cosa es que, contra viento y marea, continué unas semanas acarreando la bolsa de deporte; de casa a la oficina, de la oficina al gimnasio, vuelta a la oficina, y de ahí de nuevo a casa. Sacar la ropa sucia, lavarla, y vuelta a guardar. Un proceso que debería computar como ejercicio físico, digo yo.

Pero un día dije basta y la bolsa, que esa mañana había acarreado desde casa con intención de ir al gimnasio en el descanso del medio día, se quedó en la oficina. Una, dos, tres y hasta cuatro semanas. Menos mal que no tiene ojos, porque si no, me miraría con desdén. En realidad, pensaba que me venía bien tenerla a mano, por si un día me entraban ganas de volver. Pero, claro, a mí me entran ganas de muchas cosas, pero de ir al gimnasio, pues no. Y así se acabó mi aventura deportista. Lo peor es que aún sigo pagando la cuota mensual del gimnasio, por si un día me entran ganas. Pero va a ser que no…