Un regalo por San Valentín “no sirve de nada” si el resto del año desaparecen los “pequeños detalles que hacen que una pareja florezca”. Dos psicólogas dan las claves para mantener el romanticismo y cultivar así una relación

Unas flores una vez al año, unos bombones, una velada de pasión o una cena para dos. Hoy es San Valentín, un día de grandes gestos amorosos, una oda al afecto y a la ternura, que no puede aparecer solo durante un día y esfumarse hasta al año siguiente. La importancia del romanticismo va “mucho más allá del consumismo” durante una jornada concreta, porque “son los pequeños detalles los que hacen que una pareja florezca”.

“San Valentín puede ser la cosa menos romántica del mundo: que me mandes unas flores con una empresa y cuando entres por la puerta ni me saludes o ni me preguntes cómo estoy, no sirve de nada”, afirma la psicóloga Yolanda Cervero, que ejerce en sus consultas de Urretxu y Donostia. Incluso, apunta, “cuanto menos gasto, más ingenio y más espontaneidad”.

“Hay mucha gente que cultiva el amor en pareja, pero hay otra que se ha dormido en el amor”, afirma la psicóloga y sexóloga María Ángeles Machín, a quien recientemente un hombre le contó que dejaba todas las noches dos gominolas debajo de la almohada porque sabía que a su mujer le encantaban. “Esto es mantener la llama”, explica.

Yo suelo decir a mis pacientes que la relación de pareja, el amor, es como una chimenea, que si no le echas las leñas adecuadas y creas la brasa, se apaga. El amor hay que mantenerlo a través de la comunicación, del afecto, de detalles, de sonrisas, de miradas cómplices. Ese sentirse bien con la otra persona a veces sin hablar, todo eso es mantener el amor”, insiste Machín.

Dejar de dar las cosas por hecho, no limitarse a un gran regalo económico una vez al año, mirarse a los ojos y hablar de las emociones son otras de las claves para cultivar una relación próspera. “Me parece muy importante tenernos en cuenta. No solo en las dificultades, sino también en las cosas buenas acordarnos de la otra persona, compartirlas y explicitar”, indica Cervero.

“En las emociones -continúa- lo bueno lo damos por sentado, nos parece que no hay que decirlo, pero es importante. Si solo nos decimos las discrepancias, los desacuerdos y desajustes, parece que solo hay eso en la relación y no es real. Todo lo bueno que compartimos y que nos mantiene unidos sigue estando presente y no solo se le olvida a la persona que no lo escucha, a la que no lo dice también”, subraya esta psicóloga. Y expresarlo forma parte del romanticismo.

Estos gestos pueden resultar fáciles cuando la relación acaba de empezar pero, ¿qué ocurre cuando se prolonga durante diez, quince, veinte o treinta años? “El romanticismo se transforma y toma otro espacio en la vida de la pareja. El amor es más plácido, tranquilo, sosegado”, señala María Ángeles Machín que, sin embargo, también advierte de que muchas parejas caen en la rutina, en el aburrimiento, en la comodidad y, finalmente, esto lleva a un inevitable enfriamiento.

“Hay parejas que no hacen nada por el otro, ni en detalles, ni en conductas, ni en acciones. Te dicen: ¡pero si ya sabe que yo le quiero mucho!Pero hay que demostrar siempre el amor y hay múltiples formas de hacerlo”.

A las parejas que acuden a terapia en su consulta de Donostia, Machín les pregunta: “¿Cuántas veces os besáis a lo largo del día? Y me dicen que cuando llegan a casa, ese beso rutinario al entrar. Es decir, solamente 30 veces al mes. Y un beso es mucho más que eso”, afirma esta profesional.

Tiempo en pareja

Si ya es difícil cultivar el romanticismo, la llegada de los hijos complica aún más la búsqueda de espacios para los dos. “A veces se nos olvida ser pareja, porque empezamos a ser padres”, resume Yolanda Cervero, al tiempo que María Ángeles Machín añade: “Los hijos son los enemigos de mantener una pareja como tal, porque cuando son pequeños requieren 24 horas de atención y todo el tiempo y el espacio está dedicado a su cuidado y educación”. Y, en esas circunstancias, ¿qué ocurre con la relación? “Que corre mucho riesgo de perderse”.

En este sentido, hay que hacer lo posible por intentar sacar esos espacios. Machín suele recomendar a sus pacientes que, si tienen abuelos dispuestos a encargarse de los niños, “se cojan un día a la semana, simplemente dos horas para permanecer solos, para disfrutar de esa tranquilidad y para mirarse a los ojos”.

“Muchas personas piensan que cuidar de sí mismas o de sus parejas es quitarle tiempo a sus hijos y es todo lo contrario. Además, es un modelo de vida muy importante porque al niño se le queda esto: La ama se cuidaba y cuidaba del aita, el aita se cuidaba y cuidaba de la ama y yo me cuidaré y cuando tenga una pareja la cuidaré”. Con esta ecuación se puede intentar también desterrar la idea que tienen muchas personas, especialmente jóvenes (lo que es más “preocupante”), que confunden el amor con “los celos, el control”. “Estamos en una época en la que la palabra romanticismo está desprestigiada”, manifiesta Cervero.

Por ello, hay que sacarla a relucir, volver a los pequeños detalles, a no creer que la persona que está a nuestro lado lo estará toda la vida, porque la base del romanticismo se encuentra “en la expresión del amor, en las miradas, en los gestos, en pequeñas caricias, en besos”. “Ese es el romanticismo que no debemos perder y ese no cuesta dinero”, subraya Machín.