21.00 horas de un día cualquiera, pongamos que es martes. De pronto, la cuchara se queda a medio camino, suspendida. “¿Has oído los golpes?”, pregunto. “Estará moviendo algo”, dice Marido. Una vez comprobado que no se repite el sonido proveniente del piso de arriba, continuamos cenando. Esta escena es habitual en nuestra casa. Se trata de una especie de pacto con nuestra vecina, la Señora A, quien a pesar de llevar colgado en el cuello un dispositivo que le conecta con la central de emergencias, nos avisa si tiene algún percance. La manera de alertarnos es golpear en el suelo repetitivamente, por lo que siempre que escuchamos algo, instintivamente, dejamos lo que estemos haciendo hasta comprobar que a la Señora A no le pasa nada. Casi nunca pasa. De hecho, pocas veces hemos hecho uso de las llaves que nos confió para casos de emergencia.

Señora A vive sola, pero su familia está siempre pendiente de ella: le llevan las compras, le llaman varias veces al día, le hacen apaños en casa, y le animan a mejorar sus condiciones de vida. Porque Señora A es muy cabezona y hasta el año pasado no instaló un sistema de calefacción. Una bata bien gordita era suficiente, pero sus sobrinos se empeñaron en que eso no era vida, y vaya si está contenta ahora con su casa a 22 grados permanentemente. Señora A está muy bien cuidada y no se quiere ir de su casa. Nosotros tampoco queremos, porque es muy reconfortante llegar a casa y que siempre esté ahí, con un par de caramelos en la mano para mis niñas y un comentario sobre lo mala que es la humedad para los huesos o lo poco que llueve últimamente, da igual.

El caso es que llegar y charlar un ratito con ella en el rellano me hace sentir bien, en casa. También a mis niñas, quienes le conocen desde que nacieron y se sonríen siempre con sus bromas. Si no sale a saludarnos, le llamamos a la puerta. Y así casi todos los días. Es, quizá, la carencia de pertenecer a una tribu, lo que nos hace valorar su presencia. Seguramente ella no lo sepa y piense que da más trabajo que alegrías. Desde aquí quiero decirle a la Señora A gracias por estar ahí, y que sigas muchos años más. Sobre todo, gracias por coger mis paquetes de Amazon.