Ajuste de cuentas. Ese es el leit motiv de su nuevo disco, Nacidos para creer. Definido como “un desnudo emocional”, el cuarto trabajo de Amaia Montero rebosa rabia, “pero de la positiva, la que te impulsa a avanzar”. Nos citamos con ella en Donostia y encontramos una Amaia serena y sin pelos en la lengua, que responde sin titubeos todas y cada una de las preguntas que le formulamos.

Su nuevo trabajo, Nacidos para creer, es lo más parecido a un desnudo emocional. “Una confesión sin abogados, líneas rojas o direcciones prohibidas, hecha a cara descubierta, con las cartas boca arriba y las manos sobre la mesa”, escribe el poeta Benjamín Prado, porque “hay cosas que sólo se pueden decir en una canción y Amaia Montero quería que todas las de Nacidos para creer fueran de esa clase”. Toda una declaración de intenciones rebosante de honestidad.

Todos mis discos son un desnudo, siempre han sido bastante autobiográficos. Lo que pasa que no sé si son los años o la picardía con la que cuento las cosas, que siendo el fin el mismo, me atrevo a decirlas de otra manera.

Su gran amigo el poeta Benjamín Prado ha participado en la creación conjunta de las letras de varios temas y la define de la siguiente manera: “(…) más allá de los focos y los aplausos, tratada de puertas para dentro, es un ser humano sin trampa ni cartón, insegura como todos los perfeccionistas; hipersensible como todos los creadores de verdad, los que se apuestan a sí mismos en la partida; es generosa y divertida siempre; arrogante o humilde según con quién se cruce (…)”.

Claro, todo depende de cómo me trate el de enfrente, si me trata con cariño y normalidad, soy yo misma, y sin trampa ni cartón. Tengo carácter, eso está claro.

Si tú no sabes nada de mí, ni dónde, ni con quién, ni cuándo. A cuanto vendes tú la verdad? Así reza el estribillo de la canción que da título al disco, que, por cierto, lo canta con rabia. ¿Hablan mucho de usted sin conocerla?

Rabia, pero de la positiva. Esta canción es un ajuste de cuentas en dos direcciones: aquellos que hablan por hablar, que no saben nada, pero como es gratis hablar escondido detrás de un huevo (en referencia a los haters de Twitter)… Diría que es casi un himno, para hombres y para mujeres, pero sin duda con tintes feministas, porque si a los 40 una mujer no está casada, tiene que dar explicaciones, y sin embargo un hombre es un “soltero de oro”. Pero también es un reconocimiento a aquellos que están a nuestro lado, cuando llueve y hace sol, a las buenas y a las malas.

Tras un comienzo de gira atropellado, ¿cómo se encuentra?

Pues como decía mi amigo Manolo García en la carta que me escribió (A Amaia y los perfectos de este mundo), el salvoconducto es todos los años de carrera que tengo, toda la carretera que llevo encima, y por fallar un día no se debe resumir una carrera de 20 años. Ya estoy totalmente repuesta, aunque lo he pasado mal. Hay una canción en el disco que habla de los errores que se llama “Me equivoqué”. Pero, sinceramente, este tema me aburre.

En otro momento de la canción afirma “no buscar un clavo ardiendo”. ¿Qué quiere decir?

Quiero decir que prefiero estar sola a agarrarme a un clavo ardiendo. Me cuesta comprometerme y si algún día me caso lo haré con alguien que realmente merezca la pena, no por seguir unos cánones sociales que supuestamente tenemos que seguir.

Hablando de su vida personal, ¿cómo es posible que durante todo este tiempo haya conseguido mantener a raya su intimidad?

Es cierto que siempre he sido muy celosa de mi vida privada. Hay dos tipos de gente: los que se quieren exponer y los que no, y yo pertenezco al segundo grupo. No me resulta muy difícil. En Madrid, donde vivo, es fácil pasar desapercibida.

¿Qué siente cuando viene de visita?

Cuando vengo a Donostia me emociono mucho, muchísimo. Me encanta mi tierra y sobre todo el mar. Olerlo me baja la tensión, me relaja.

El disco contiene referencias a diversos lugares: París, Buenos Aires…

Mi Buenos Aires es una canción que nace de mi gira anterior Si Dios quiere yo también en la que pasé seis meses en el cono Sur, dando conciertos entre Uruguay, Chile y Argentina. Estar tanto tiempo fuera de casa me cambió. Fue una gira maravillosamente dura. Allí, en Buenos Aires, ardí y volví a surgir, como el ave fénix. Y es que encontré partes de mí que tenía olvidadas y eso fue, precisamente, el origen de Nacidos para creer. ¿Creer en qué? Primero, en una misma, segundo, creer en el amor a uno mismo y a los demás. Y en cuanto a París, el videoclip lo grabamos ahí porque es mi ciudad favorita, la ciudad del amor.

Dicen que éste es su mejor disco.

Eso dicen. A mi me da cosa decirlo porque me dejo la vida en cada uno de ellos, pero lo cierto es que estoy especialmente orgullosa. No sé si es porque es mi cuarto disco en solitario, porque ya tengo una edad o por lo que me he atrevido a contar. Han sido tres años de trabajo muy laborioso, muy cuidado, en el que me he entregado a tope.

La oreja de Van Gogh. No se entiende a esta banda sin Amaia Montero, tampoco a Amaia sin la Oreja. ¿Qué recuerdo guarda de aquella época?

Tenía 20 años por aquél entonces y tengo un recuerdo maravilloso, imborrable, único de aquella etapa: de los inicios que no sabíamos lo que nos venía y de lo que vivimos después.

¿Tiene buena relación con sus compañeros?

Tengo muy buena relación con mis compañeros. Cada vez que vengo intentamos vernos. La última vez que vine quedé con Xabi (San Martín) y paseando por el Paseo de Francia recordamos que fue ahí donde hicimos la foto de portada del álbum El viaje de Copperpot. Tenemos tantos recuerdos, todos bonitos. El otro día escuché una frase de Ringo Star con la que me sentí plenamente identificada y decía así: “Los Beatles fuimos, sobre todo, un gran grupo de amigos”. Porque al final lo que te queda para siempre es lo que nosotros vivimos, lo que nos pasó, las experiencias increíbles que tuvimos. Pasamos de cero a un millón, fue brutal.

Dice que todos los recuerdos son bonitos.

Hombre, también discutíamos. Imagínate, tantas horas en aquella furgoneta, pero era muy divertido. Nos cambió la vida a los cinco y el cariño que nos tenemos siempre va a estar ahí.

En su primer disco en solitario les dedicó un tema: Tulipán. ¿Había nostalgia?

Claro. Y siempre la va a haber. Fueron 11 años los que pasamos juntos, una etapa maravillosa. Además, soy una persona nostálgica y cuando vengo a mi tierra, todavía más.

Si lo tenía todo con La Oreja de Van Gogh, ¿por qué se tira a la piscina y decide iniciar carrera en solitario?

Porque cada uno evoluciona hacia lugares diferentes. Tuve la necesidad de emprender mi propio camino.

Fue una decisión valiente.

La carrera en solitario es dura porque todo recae en una misma. Te obliga a aprender rápido.

Además de cantar, también compone sus canciones, ¿en qué faceta se siente más a gusto?

La faceta de compositora es muy importante para mí, porque el hecho de ser compositora no es algo optativo, lo eres o no lo eres. Para bien o para mal, necesito hacerlo, aunque no creas que desnudarse no da pudor. Me gusta ser honesta, no soy capaz de contar algo que no siento.

¿Dónde quiere estar Amaia Montero dentro de diez años?

Soy de las que piensan que hay que vivir el día a día. Lo que si te puedo decir es que me gustaría ser madre, esa es mi asignatura pendiente. No sé cuándo, pero quiero tener hijos y voy ya contrarreloj. Y por supuesto, seguir dedicándome a mi pasión, que es la música, y gozar de buena salud.

¿Cómo es su día perfecto?

Me gusta estar descansando en casa, viendo una serie, y sin horarios. Estar libre y tranquila. Y si estoy en Donostia, me encanta ir a la playa a dar un paseo con mis tres perros.

¿Algo que deteste?

Las prisas, sobre todo cuando estamos de promoción, me agobia muchísimo que 15 personas me estén diciendo al mismo tiempo: ¡Venga, Amaia, vamos!